Senderismo en las montañas: ¡Unas vacaciones instantáneas!

Me crié en las montañas, rodeada de verdor, quebradas y olor a tierra fresca. Aunque ahora disfruto reportándote desde las grandes urbes, a menudo la naturaleza me reclama y siento la necesidad imperiosa de escaparme y “perderme” en un bosque. Hoy te cuento como exorcicé el exceso de civilización y aviones de mi cuerpo, haciendo senderismo en las imponentes White Mountains de New Hampshire. ¡Acompáñame!

 

 

Vestida y calzada para la ocasión, me dispuse a la aventura de subir uno de los cientos de senderos o “trails” (algunos, con impresionantes cascadas) con que cuenta el Parque Nacional White Mountain.

 

 

Escogí el sendero del Monte Willard, el cual era suficientemente largo (1.6 km) y empinado como para desintegrar la montaña de panqueques que me había atracado con el pretexto de que iba a subir la montaña. ¿Ves el círculo calórico vicioso?

Bueno, de vuelta a mi aventura… Entré al sendero y ya me sentía como Alicia en el País de las Maravillas. ¡Qué delicia de lugar! Sus árboles erguidos, vestidos con los colores del otoño, todos en entusiasta comité de bienvenida.

 

 

Me llené los oídos de un silencio delicioso, interrumpido solo por el trinar de las aves, las gargaras de un pequeño riachuelo y el ocasional paso de otro excursionista. Mis conocidas “patas de cabra” ascendían por la pendiente sin prisa, pero sin pausa.

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A pesar del fresco mañanero, la caminata ya empezaba a hacer efecto y yo a entrar en calor. El strip-tease era inminente…

 

 

En el camino me encontré con estas hermosas frutillas tan populares en los arreglos navideños, pero que nunca había visto en su hábitat natural, o sea, directamente en los pinos. ¡Pinos! Señal de altura. ¡El final debía estar cerca!

 

 

Media hora después, seguía caminando y no veía la luz al final de aquel hermoso túnel de árboles. Afortunadamente, los pocos excursionistas madrugadores que ya venían bajando me alentaban. “Ya casi llegas”. “Ocho minutos más…”.

 

 

¿Y cómo sería el final? Llevaba una hora y media subiendo y, tras el esfuerzo y la sudada, ya no quedaba rastro de mi “Everest” de panqueques.

 

Lo bello del excursionismo es ese tiempo y silencio que pasas contigo mismo. Tiempo y silencio para pensar, para encontrarte, para rescatarte. La naturaleza, ¡tu mejor aliada!

 

 

De repente, un claro al final. ¡Estaba ya a unos pasos! Un túnel abría a una impresionante vista al precipicio, alrededor, las Montańas Blancas pintadas con el colorido otoñal. Podía ver la carretera que me trajo hasta aquí y los autos que parecían hormiguitas. Me senté a apreciar aquel espectáculo. Era ya cerca del mediodía y no podía sino imaginar lo hermoso que sería ver esto al amanecer o al atardecer. ¡Había valido la pena!

 

 

Mañana me iré a perseguir cascadas en las “White Mountains”. ¡Nada como perderse en el bosque y volver a la naturaleza! Calculo que eso requerirá una montaña de waffles…

 

Si por ahora no puedes viajar a algún lugar especial para hacer excursionismo, busca una montaña cercana y ¡a caminar se ha dicho! Y siempre recuerda: cuando hagas senderismo, llévate todo lo que trajiste. A Mamá Naturaleza no le gusta que dejemos huella… 🙂

 

 

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Carmen Dominicci también es autora de Carmen Dominicci Trotamundos

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